Sueños de insomnio
Sobre mí­ (el noctámbulo)


Name::Martín Hache
From::Monterrey, Nuevo León, Mexico
Soy un estudiante de letras con poco talento. Me gusta reventar el papel protector de burbujitas, hacer viajes con poco presupuesto (más por limitación que por gusto), tomar fotos, limpiar espacios ajenos, comprar libros y a veces también leerlos.
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You'll die from overexertion. *wink*

How Sinful Are You?

Tuesday, April 28, 2009

It's the end of the world as we know it.




Why does the sun go on shining?
Why does the sea rush to shore?
Don't they know it's the end of the world
'cause you don't love me anymore?





Iniciaré con una frase apocalíptica: No estoy seguro del número de personas que, al contagio con la inminente pandemia, han muerto en mi ciudad. Después puedo suavizar un poco: Según entiendo, la cantidad es verdaderamente ridícula. Para finalmente ir directo al verdadero asunto: Me informo casi porque no sé qué otra cosa hacer para no pensar, para no recordar los pocos buenos tiempos y mitigar el dolor. No es genuino interés, no es miedo a la muerte, no es unirme a la psicosis colectiva, es un profundo hastío, son estos ojos llorosos, ésta nariz irritada sintomática de un estado de vulnerabilidad en el que, puedo presumir, jamás me había encontrado. El amor finalmente es una enfermedad según lo dicta la sabiduría medieval, sobre todo cuando no es completamente correspondido. Frío y calor, fuego y hielo, verano e invierno. Con tanto cambio de clima, ¿a quién no le da fiebre? Existe, acaso, sólo un caso reportado de muerte, unos veinte casos de infección confirmada y otros tantos que aún no son del todo seguros a causa del virus en Monterrey y fácilmente podría decir que las medidas de contingencia son por demás exageradas... pero no sé. Quizás algunos de nosotros tenemos mucho que aprender sobre precipitadas medidas de protección.


Yo, al menos, me declaro culpable. La verdad es que nunca he aprendido a prevenir, a cuidarme. Quizás porque nunca me había, como ahora, infectado de pies a cabeza. Intenté usar un tapabocas para ir a comprar provisiones al supermercado y no basta saber que salí con sendas bolsas de helado, pan dulce y refrescos, sino cómo quemé mi tapabocas intentando encender un cigarro en el estacionamiento. Mi botecito de desinfectante para las manos, pagado por Rodrigo Medina con los pocos impuestos que he aportado al orden público se perdió para siempre y se fue, seguramente, a ese ignoto paraíso a donde van a dar todos los calcetines que abandonan a sus pares para nunca volver a aPARecer. El común denominador de toda esta diatriba sería, pues, que nunca he sido bueno previniendo. El futuro sufrimiento suena tan incierto que las necesidades que imperan le sobrepasan fácilmente. Benditas sean las agresivas campañas para prevenir la transmisión de las E.T.S.s u otra sería la historia de mis últimos exámenes.

Pero éste no fue el caso. Como siempre, esta vez, no pude prevenir el peligro. Miguel se fue y yo no estaba preparado a pesar de que todo lo anunciaba a gritos. —No entienden que la gente no cambia,— dijo él más de una vez mientras se dedicaba a criticar a algún tercero que, ahora, con la frialdad y el despecho que provoca el rechazo, puedo presumir que era una de sus actividades favoritas. Yo, incluso en el estado más profundo de embelesamiento no pude evitar notar la contradicción. El ahora breve y fracasado proyecto de estar juntos estaba básicamente fundado en la premisa de que las historias no se repiten, en el volver a empezar, en el borrón y cuenta nueva. Yo, enamorado pero no pendejo, fui lo suficiente como para reclamarle su imprecisión. ¿Cómo podía él, decir tal cosa? Su respuesta fue tan ambigua, tan sin sentido y tan desordenada como el discurso con el que dio fin a, aproximadamente, año y medio de —al menos para mí, que bien debo dejar de dar por sentado los sentimientos del otro— vaivenes del interés.



Del mencionado discurso tengo realmente poco que decir. Hubo desde las razones más comunes y prefabricadas como: Tú estás empezando tus veinte y yo estoy por llegar a mis treinta, y, Tú y yo somos similares en muchos sentidos pero también somos muy diferentes, hasta las más ambiguas y, debo decir, carentes de significado entre las que me siento obligado a resaltar, con el orgullo herido: Yo estoy buscando algo más allá de lo que puedo sentir y tocar. Sí, yo también me quedé con un gesto de desencajada confusión. Él, bueno, no es tonto, sabe que yo me dedico a descifrar lo que hay detrás, delante, sobre y entre las palabras. De lo anterior, hay pocas soluciones que me mantengan contento entre las cuales se encuentran un par que en realidad colocan la frase como encubridor eufemismo de 1) estoy dañado, mi relación anterior me obliga a pensar en el fracaso de todas las demás a largo plazo y no me permito avanzar con nadie o 2) yo tengo un plan de vida indefinido, pero estoy seguro que tener una pareja estorba en su concretización. Claro, también están las ridículas pero siempre posibles opciones de: 3) yo tengo poderes místicos que son difíciles de compartir y 4) estoy contigo sólo porque me gusta verte y tocarte pero yo estoy buscando algo más. No voy a negar que ésta última lectura fue la que primero vino a mi mente y me hizo sobresaltarme un poco y hacer un leve gesto de desagrado, pero seguro que no es aquella la que más me preocupa —vaya, que la preocupación ya está lejos de ser una verdadera sensación, como lo dije en su momento: una relación se construye con la premisa de que hay dos personas en un acuerdo y cuando sólo hay una, entonces la relación se acaba definitivamente— así que mejor llamémosle molestia: 5) la verdad es que cuando te veo, te toco y cuando hablamos, ya no salen chispas, así que mejor para qué intentarlo.

Habría que tomar en cuenta las circunstancias en las que se fundó ese estado en el que decidimos, él y yo, entrar hace aproximadamente mes y medio. Y es que, así a simple lectura, realmente suena perfectamente válida la razón última como para decir: oye…pensé que eras una persona, pero la verdad es que descubrí que eras una distinta y esa persona que, efectivamente, eres, no me produce lo que me producía la que yo, alucinadamente, pensaba que eras. Aplica perfectamente cuando conoces a alguien, comienzas a salir, las cosas se van prolongando y de pronto te ves metido en una relación con una persona que en realidad te construiste con un cierto desapego a la realidad. No aplica cuando conoces a alguien, sucede todo lo anterior y en el terror de las circunstancias y los avances comprometedores te alejas sin dar explicación, huyes y luego vuelves removiendo los sentimientos del otro con actitudes ambiguas, mixed signals y frases románticas como yo no te puedo ver como un amigo que no van, en ningún sentido, unidas a una acción consecuente. Cuando todo esto sucede y finalmente, con el trato prolongado, descubres que en esa persona está, verdaderamente, aquello que buscas y se lo haces saber, alzando la bandera de no volver a lastimarle jamás, para descubrir que sí tienes una oportunidad y esta persona te admite de vuelta…digamos que tienes una responsabilidad implícita. La responsabilidad implícita de no tirar todo por la borda a la primera insatisfacción, la de intentarlo, trabajarlo (como bien decía él), de no permitir que a la primera que no floten burbujas en el ambiente cuando estamos juntos, abandones la nave como quien se va de una fiesta que aún no llega a su apogeo.

Y es que, si no se trata, entonces, de una repentina insatisfacción crónica, —de esas que todos nosotros, los martirizados seres sobre analíticos, nos granjeamos— entonces, ¿a dónde diablos se van todas esas frases innecesarias, todas esas fáticas reiteraciones del interés, todos esos me encanta pasar tiempo contigo, todos esos me fascina nuestra relación porque…? Me lo pregunto porque tengo la mala fortuna de tener muy buena memoria y esta mañana sufrí la desafortunada casualidad de recordar, letra por letra, la ridícula dirección de su blog. En una aventurada maniobra masoquista leí su último texto y me encontré con la sorpresa de que el tipo no sabe escribir. Lo puedo decir ahora que el rechazo me ha cacheteado directo y me ha permitido reconocer detalles como que el pobre no tiene ni idea de qué es un acento diacrítico. Me encontré, además, con una glosa del incomprensible discurso de cambio de vida precedido por la pregunta: ¿Estamos preparados para escuchar la verdad? No sé qué epifanía será la que habrá inspirado esa frase, pero lo único que me deja a mí es una segunda pregunta: ¿Estamos preparados para decirla? Porque entre tanta inconsistencia, algo debió haberse convertido en un poco más acto que suceso.



De entre las tinieblas de la infección que me llevaron a no cambiarme de ropa desde el domingo hasta el miércoles, a consumir una cantidad desmedida de helado y a guarecer petrificado en mi cuarto despachando soberanamente megabytes y megabytes de sonidos lacrimógenos, me decidí, a falta de Tamiflu, a buscar formas alternativas de acabar con los síntomas y salir del deplorable estado en el que me encontraba. Así salí a cortarme el cabello entre panoramas espeluznantes de ejércitos con tapabocas, calles desiertas, locales con penetrante olor a Lysol y gente haciendo desenfrenadas compras del terror. Me hice de un par de cariños autoindulgentes y decidí que no había mejor momento para la liberación que el fin del mundo. Yo me quedo con la satisfacción de la cordura, la congruencia y la sinceridad, él que se busque una espada del augurio que le ayude en su travesía más allá de lo evidente. Yo, por mi parte, me puedo jactar de ver más allá todo el tiempo, como una actividad de análisis casi natural. Definitivamente no necesito un mes de lapso para digerir las situaciones y actuar en consecuencia. Por lo demás, para eso me tomé yo las decisiones correctas en la vida y me rodeo de las personas adecuadas, para no andar de pronto con la repentina insatisfacción de sentirse en una vida llena de frivolidades.

Que el fin del mundo llegó muy a tiempo y, si de eso se trataba, me quedo mejor con lo mío y basta de tratar de alimentar espíritus vacíos, muertos vivientes. Que en siete años, yo no quiero quedar así de dañado, uno hace peores cosas con su salud que malpasarse a la hora de alimentarse…y si algo no quiero yo de él, el peor de los males es acaso la gastritis. Hoy, además, con el ánimo reactivado, caminé la misma senda que le domingo atravesé entre sollozos, ahora para encontrarme con un curioso franco-polaco (cuyo mal español, espero, le impida llegar hasta esta parte del texto) que el apocalipsis trajo hacia mí y con quien me dispuse a disfrutar de los placeres de algo más que unas copas (if you know what I mean). Desde la Escuela de Praga hasta la influenza tipo A y los placeres carnales, un clavo saca otro clavo y, vaya, de qué manera. No me planeo casar con nadie pero hasta ahora me siento orgulloso del triunfal retorno del viejo, inestable y promiscuo yo, que al menos enarbola la bandera de la tranquilidad, esperando sin ansias el periodo de la reconstrucción, que por lo pronto el fin del mundo suena lo suficientemente halagador.

Y como dijo Borges, nadie confunda con lágrima o reproche, que yo me he cargado ya la tarea de escribir sobre lo que me pasa. Toda esta historia no viene a ser más que una cosa que me ha PASADO.

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Les dejo con un video que ilustra la referencia de mi epígrafe. Issa me hizo saber que doy por sentada la referencia que, muchas veces, no es del todo conocida. Ésta es de una canción de antología para corazones rotos y relaciones acabadas. Le cae como anillo al dedo a mi post y, como tenemos final feliz, les dejo con el video de la versión de los años sesenta cantada por Skeeter Davis que tiene unas facciones sospechosamente masculinas. La canción es de maravilla pero yo no puedo ver el video sin reírme. Para los curiosos, pueden consultar versiones como las de The Carpenters o Vonda Shepard.







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Wednesday, April 08, 2009

Más de veinte minutos.


Cuando te enamoras locamente, en los primeros
momentos de pasión, estás tan lleno de vida que
la muerte no existe. Al amar eres eterno. Sucede
del mismo modo cuando te encuentras escribiendo.
Uno siempre escribe contra la muerte.

-Rosa Montero




Desde que en mi vida recuerdo tener lucidez —esa cierta lucidez a la que le debo la mayor parte de mis pequeños logros (y digo lucidez, que no inteligencia, en sincero honor a la verdad)— algo me había quedado, hasta ahora, muy claro: al menos, si algo tengo seguro (además de la lucidez que a veces me atrevo a presumir), es que el tiempo lo tengo a mi favor. Tengo veintiún años recién estrenados y es evidente que soy lo bastante joven como para sentir que tengo una vida por delante. Algo, sin embargo, parece estar desarticulándose. Ese sentir que me estoy adelantando a los acontecimientos, que la vida es un proyecto en el que llevo un paso adelante, parece irse esfumando, esparciéndose y cediendo ante el centrífugo clamor de ciertas necesidades trascendentales. No se trata solamente de esas nimiedades que, me doy cuenta, se me adelantan. La necesidad de dar un incipiente salto de independencia que no estoy seguro de saber dar. Todas esas cosas que no alcancé a hacer, a aprehender en una temprana juventud de la que voluntariamente me exilio. Por primera vez la idea de que el tiempo me pisa los talones de cara a una insatisfacción física, del estado de las cosas. No, se trata aquí de algo más atípico y a la vez, seguramente, más común al género humano.


Quizás a alguno de ustedes le haya pasado alguna vez, pero hace poco tiempo y en un momento perfectamente inesperado, mientras me estaba dando un baño, tuve la epifanía más desagradable: de pronto ver tu vida en perspectiva, como en una línea del tiempo en la que reconoces la tasa media de expectativa de vida, todas la historias de vivos que has seguido, estudiado, admirado, reproducido a través de páginas, de grabaciones, de fotografías, imágenes y videos, todos los que ya no están. La especulación de lo que te queda por vivir, el recuerdo de todo lo que has aprendido, el entorpecido desarrollo de habilidades motrices, sociales, intelectuales, la acumulación de memorias y, de pronto, la repentina posibilidad de tu desaparición, la futilidad de todo. Fue como estar finalmente consciente de la propia corporeidad, de mi carácter orgánico, de la fragilidad de los tejidos. Fue sentir la más profunda tristeza y, de pronto, las lágrimas. Como perder momentáneamente el sentido y, a la vez, en realidad, llegar al estado más alto de comprensión. El sentido es la falta de sentido. Es la cosa más rara estar consciente de que es tu cerebro, esa caja misteriosa, el que decide esos impulsos, esos breves, momentáneos estados, el que dicta cuándo llorar, cuándo estar triste, cuándo estar feliz. Es como si mi propio cerebro, un órgano, decidiera que yo debo de llorar porque acaba de reconocer la encrucijada de su función: ser un tiempo, para después desaparecer y no volver a existir jamás.


Ese terrible descubrimiento –que, por estúpido, más que descubrimiento fue, acaso, un trance momentáneo– me trajo también el reconocer lo ridículo de vivir la vida como si fuese un proyecto en el que hay que aventajar. Finalmente, lo único que he descubierto del concepto de proyecto, en todos los sentidos que pueda tener, es que el éxito se determina cuando se acaba y acabar es lo que se tiene en mente desde el minuto en que se empieza a trabajar en él. De los trances, después de todo, llegaron a ser recurrentes. En su momento fueron una constante tortura. Cualquier nombre de personaje, cualquier libro publicado por un autor ahora muerto me provocaba entrar en el estado. Me atacaba en medio de conversaciones, fumándome un cigarro en la parada del camión, a la mitad de una novela. Poco a poco, con el paso del tiempo y comprendiendo la irrevocabilidad de la problemática, fue sólo como un destapar los ojos, un profundo asentir frente a un tópico de la humanidad. La inevitable fugacidad de la vida, está en todos lados, ahora lo comprendo con todas mis membranas…




Hoy me encuentro en un lugar totalmente distinto. Es, también, un lugar conocido. El mes pasado leí un texto de género indefinible de Rosa Montero. Ella, como yo y, en su momento, también sufrió algo parecido a los trances que acabo de explicar —o quizás sólo se los estaba inventando, es difícil saber. Además de resucitar mis ganas de leer, de escribir y la pasión general por mi profesión, sea lo que sea que implique, el texto de Montero me iluminó en algo interesante y, a saber, profundamente verdadero: hay dos cosas que hacen olvidar de tajo la fugacidad de la vida, suspender el tiempo, eternizar el momento y esas son, sin jerarquía aparente, escribir y la extraña sensación de estar enamorado.


Hace una semana me encontré en un coche, sentado en el asiento del copiloto, él iba manejando a lo largo de una calle que dividía dos partes de un cementerio que, con el tiempo, se encontró rodeado de ésta ciudad que es varias ciudades a la vez. Desde arriba, éramos dos cuerpos vivos, tomados de la mano y, a los costados, sendos pedazos de tierra alimentados por los cuerpos putrefactos de los que algún día fueron, como nosotros. En el estéreo la canción más triste del mundo, mi canción más triste del mundo y, de pronto, la magia de la espontaneidad, el encanto de la ridiculez: ¿Quién más te canta ‘No surprises’ con besitos? Yo: El ataque más sincero de risa. No se reía sólo mi boca, me reía todo yo, cada tejido. No sé quién empezó a confundir la risa con la burla. Eros, cercado perfectamente por thanatos. Lo noté, el entorno, el cementerio, el camino, las manos, la risa, él, yo, pero no importaba. Sí, lo supe, yo estaré así, como en el cementerio, sin más ideas en la cabeza, pero no importaba. Tampoco importaba que nadie fuera testigo y que la sensación se perdiera, flotara, se disipara en el aire. Es otro tipo de trance, uno de completa satisfacción.


Hace poco más de un año, veinte minutos frente a la pantalla me habían traído el peor sabor de boca. No sólo la sensación de rechazo, sino una profunda insatisfacción de no haberme probado a mi mismo en un lugar en el que quería estar. No quiero ahondar en el asunto porque no es importante ahora, además de que no sabría muy bien cómo acomodar en palabras, cómo conceptualizar, además, todo lo que sucedió mientras tanto. No sólo todo lo que pasó a nivel anecdótico, sino todo lo que pasó por mi cabeza. Hoy me encuentro con la satisfacción de que el tiempo no pasa en vano y de que veinte minutos no son absolutamente nada comparado con el tiempo y el trabajo que cuesta construir, estar en sintonía, reconocer, explorar los detalles y encontrarte con el extraño descubrimiento de que, verdaderamente, quieres caminar en una dirección, quieres atravesar ese cementerio.


No es sencillo, porque ninguno de los dos lo somos ni pretendemos serlo y es en esa minucia en la que me doy cuenta del salto de ideales que he dado, quizás es eso lo que se supone que es madurar. Qué simple y volátil es tener el tiempo por delante, saberse capaz de hacer, de construir, en algún momento, todo lo que has soñado de ti mismo. El encanto, sin embargo, está probablemente en el tiempo transcurrido, en el efectivamente trabajar y ser. No tengo idea de cuánto vaya a durar, me encuentro ante territorio, para mí, perfectamente desconocido. Creo que, después de todo, le he dado demasiado valor al tiempo. Además, cuando alguien te canta la canción más triste con besitos, sabes que estás donde debes estar…

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Thursday, June 26, 2008

De amistades, casualidades, coincidencias y largas relaciones.



Aproximadamente cada tres o cuatro meses, sin importar lo que esté sucediendo en mi vida, tengo un bloqueo que se aparece sin falta y que me impide realizar de manera satisfactoria mis quehaceres cotidianos. Suena interesante, pero habría que apuntas que es sumamente impráctico y que ha provocado una innumerable cantidad de errores, graves crisis y efectos a largo plazo. No puedo leer, no puedo escribir, no puedo estudiar, no puedo despertar temprano en las mañanas ni mantenerme despierto en las noches. Sólo puedo pensar y pensar. Los temas son muy vastos y, a veces, recurrentes, pero bien podría decir que, si recolecto cada uno de esos temas, formaría una muy buena lista de mis miedos, los más profundos.

Es aproximadamente al final de cada uno de esos períodos que me decido a escribir aquí como una de mis más grandes medidas terapéuticas, la más efectiva. De esa manera, de pronto, todo lo que parecía inefable, inconfesable, irremediable, absolutamente oscuro e interminable, adquiere la forma de no muy complejos sintagmas que decididamente me propongo componer. A veces pienso que escogí mi carrera más por lo mucho que me gusta escribir que por lo mucho que me gusta leer a los demás. Es una idea peligrosa, pero tengo que confesar que a veces parece la única razón. Después recapacito y me pongo a pensar en la lista de personas que conforman la intimidante sombra que está detrás cada vez que me siento a escribir. Cada meticuloso repaso de una obra es, a veces, más alentador de lo que esperaba.

Este verano, que yo predecía como uno lleno de tiempo libre, de ocio y alguna que otra aventura, se ha convertido en su total opuesto. Estoy adelantando dos materias en verano y, no puedo decir que sean precisamente de una exigencia especial que me quite el tiempo, pero la falta de dinero me ha convertido en el ser más aletargado y fanático de postergar. Esto no le ha venido bien a mis maléficos planes. Independientemente de mi mala administración del tiempo, decidí que si no era ahora no era nunca, había que ponerle algo de emoción a mi vida antes de que el tedio y la monotonía me acabasen por enloquecer. Esa es la manera en la que decidí que explotaría el medio de las citas por Internet.

Me he encontrado con una cantidad de cosas que no me esperaba. No, al menos, en la escala en la que las encontré. Me sorprende, en primer lugar, la obsesión con el anonimato. Pensé, sinceramente, que eso ya no estaba de moda. Creo que es terrible y que no está bien, pero me encuentro en la necesidad de entenderlo. No vivimos en el mundo que muchos quisiéramos y, por más que mi bien seleccionado círculo de amistades me haga poco a poco olvidarlo, hay que reconocer que, allí afuera, la gente no quiere pensar. No soy la persona más pretensiosa que vas a encontrar por allí, pero para mí, ya todo está muy superado y todo se reduce a la capacidad de pensar. Me sentiría estúpido escribiendo todos y cada uno de mis ideales, me parece que son cosas viejas y evidentes, que si el sexo y el género, que si no son uno solo, que si el libre albedrío, que si la diversidad… Nunca he escrito al respecto, pero siento como si hubiera toda una pesada historia que le precede y que hace innecesaria la explicación. El asunto es que vivimos en un mundo (o será sólo un país) en donde la discriminación y la intolerancia son una realidad y que toda esa fijación con mantener una identidad secreta es hasta cierto punto justificable. La pregunta es, ¿qué tan lejos estoy dispuesto a ir yo?

Lo que no me parece bajo ningún concepto justificable es la forma en la que los parámetros de masculinidad se convierten en una nueva forma de división, odio y discriminación. Los sitios están plagados de hombres que buscan a alguien discreto, a alguien que no sea afeminado, a alguien que no sea obvio, a alguien que sea masculino, a alguien que sea viril. Estoy de acuerdo, yo también tengo mis preferencias en cuanto a la persona con la que estoy dispuesto a tener una relación, arrejuntarme, revolcarme, etc., pero no creo que esto tenga que adquirir dimensiones titánicas. Creo que la línea entre la preferencia personal y el repudio es a veces muy delgada y hay quienes la cruzan de formas descaradas. A mí, por ejemplo, no me gustan los asiáticos y, muy probablemente, nunca me gustarán. No quiero una relación con ellos ni quiero acostarme con ellos esporádicamente porque, simplemente, no se me antoja. Quizás algún día sí, o quizás nunca, justo como siempre odiaré la zanahoria. Así, si bien no creo acostarme con ningún asiático bajo ninguna circunstancia, estoy completamente seguro de que no me importa que la gente me vea caminando por las calles con uno de ellos y evidentemente, tampoco me molesta, bajo ningún motivo, la idea de desarrollar una importante relación de amistad con uno chino, coreano, japonés, vietnamita, inmigrante o cualquier otro.

Sí, yo sé que es completamente distinto, que en la búsqueda de un ‘vínculo’ con un hombre masculino en una página gay de citas, encuentros, tríos, orgías, o hasta donde llegue su torcida imaginación, se esconde también esa necesidad de esconderse frente a una desconocida masa discriminadora. Pero resulta que hay algo que me dice que todo va más allá de eso. Es como si para quien se concentra tanto en buscar la ideal pareja masculina, existiera una clase de alivio en pensar: “muy bien, soy homosexual, pero al menos soy activo, al menos no soy la reina del carnaval, al menos no me siento una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre.” Es como si esa comprensible necesidad de anonimato escondiera, en realidad, un imborrable repudio hacia la propia condición. El reflejo en el otro provoca los más grandes miedos: “¿Los demás me verán así? ¿Acaso la gente piensa cosas sobre mi sexualidad cuando camino por la calles? ¿Tengo un caminar amanerado?”. No sólo no quieren ser descubiertos con el ‘otro-femenino’ en cuestión, sino que su presencia aturde su conciencia. Todo esto me resulta desencantador, y es por eso que aquella comprensible necesidad de protección ante la discriminación me causa aún más repulsión. Produce una silenciosa segregación dentro de las minorías; bajo ese ‘anonimato’ se asoma la realidad de una sexualidad que no se puede asimilar.

Entre más escribo, más me pregunto, ¿hasta dónde estoy dispuesto a llegar yo?

En fin, a lo que voy es que lo intenté y me llevé grandes desencantos (al parecer, la idea de ‘no saber’ está de moda, y no sólo en mi generación, sino que es un movimiento generalizado, créanme, hice un trabajo de campo) pero también me encontré con una que otra sorpresa y alguna posible amistad para el futuro. Lo que descubrí es que no me importa. Estoy increíblemente harto de buscar detalles ridículos. He llegado a la conclusión de que lo mejor que puedo hacer por mí mismo es reconocer mis estándares y disfrutar de una búsqueda que no espera, de ninguna manera, encontrar nada. Ya sabré reconocer cuando llegue algo interesante. Por ahora, I’ll just enjoy the ride. Son ideas que no me caracterizan, tengo formas muy estudiadas de llevar mi vida pero, cada día, me doy más cuenta de que simplemente ya no están funcionando.


Entre las buenas sorpresas que casualmente me llevé en mi cacería de hombres, fue la de un joven ingeniero recién graduado que casualmente me simpatizó mucho y a quien casualmente me disponía a encontrar, hace dos semanas, cuando se añadió a la lista de eventos de mi vida altamente anecdótica, un increíble producto de la casualidad que aún hoy sigue siendo fruto de una innumerable cantidad de bromas y dobles sentido. Había oído de gente lanzando huevos a las casas, había oído de gente lanzando huevos a los coches, pero definitivamente nunca había oído de gente que dedicara su tiempo libre a lanzar huevos DESDE los coches HACIA los peatones. De los muchos habitantes de la ciudad de Monterrey, el viernes 13 de julio del 2008 me huevearon a mí, y quizás a otro pobre vecino. Mi primera reacción fue reírme como hiena loca, tras mucho tiempo de quejarme de que mi vida me estaba aburriendo soberanamente, no esperaba que la respuesta cósmica hacia mis jotadas fuera a ser…lanzarme un huevo. Definitivamente un novedad, definitivamente no me lo esperaba.

De la misma forma en que la casualidad me hizo víctima del insospechado impacto con un huevo, dio la suerte que, por alguna razón, el huevo no se rompiera, sino que rebotara en mi panza de “no he ido al gimnasio en una semana y no planeo volver pronto” para después caer al piso y entonces romperse. Estoy casi seguro que mi catarsis hubiera sido enteramente distinta si el huevo se hubiera roto como era su propósito. (Además, iba yo muy bien encorbatado, y de seguro nadie hubiera podido soportar mi mal humor después del suceso.) Si lo pensamos objetivamente, lanzar huevos hacia la gente resulta, además de evidentemente agresivo, un gran despropósito. La probabilidad de que se rompa sobre la persona es muy baja y, en cambio, la de que lastimes severamente a alguien es relativamente alta. (Mi curso de verano en estadística no está influyendo en lo absoluto en mis conclusiones.)

El inesperado incidente del huevo, además de añadir el encanto cotidiano de una vida muy a la Woody Allen, fue como el clímax de una muy mala temporada. El asunto es que no me siento muy satisfecho conmigo mismo últimamente, las cosas no me salen tan bien como yo espero. No me puedo quejar del todo, pero es como si, a pesar de que todo estuviera en su lugar, me hiciera falta un breve impulso para realmente hacer lo que quiero sin estúpidos miramientos. Es, un poco, como el huevo. Quizás con un poco más de fuerza o en un ángulo distinto se hubiera quebrado, pero entonces, ¿hubiera estado feliz? Lo único que sabía es que el concentrarme tanto en esto no era sintomático de nada bueno. Los últimos meses me he obsesionado con una que otra situación que bien podría ya dejar ir. Y a eso me ha llevado esta cadena de coincidencias.

Resulta que, estando sumido en estas reflexiones, me vi impedido de mis responsabilidades… se me atrasaron todas las tareas de mi clase de Ética. Eso me trajo, el jueves 19 de junio a encontrarme en el mismo vip’s desde el que escribo esto, para fumar todos los cigarros y tomar todo el café que pudiera mientras me ponía al corriente con todo aquello. Entre el humo del cigarro, el calor del café y el estómago vacío, algo pasó que, de pronto, todo entró en crisis. De pronto, un extraño dolor en el vientre y unas insoportables nauseas me invitaban a salir corriendo hacia el baño. No tenía nadie que cuidara mi computadora y sabía que si llegaba hasta allá, no iba a regresar pronto. Mi garganta se me hacía un nudo. Me sentí profundamente solo y tuve que hacer no-sé-yo-qué para controlarme.

Una vez controlado el asunto, caminé hacia mi casa tan tranquilo como pude, sólo para entrar estallando en una incontrolable tos. Era como si los músculos de mi garganta palpitaran de tal forma que contraían el espacio vital. Así, ante el impulso de la nausea, cedí expulsando el producto de una rinosinusitis histórica. Rara vez me había sentido tan mal. Una vez repetida la escena, me vi obligado a tomar una decisión.






Pocas veces me veo tan anclado a una relación. Siempre, siempre me aburro. Pero esto fue una relación tóxica, el nivel de dependencia fue evidente. Compartimos muy buenos momentos. Estuvo ahí para mí en muy importantes decisiones, grandes decepciones, importantes éxitos. Fue para mí un bálsamo contra las frustraciones cotidianas, un oasis frente a la rutina diaria. Se tenía que acabar. Tengo planeada una muy fructífera vida sexual y una alargada y vital juventud. Nadie me va a decir a mí como llevar mi vida. Después de todo, yo no estoy hecho para las relaciones a largo plazo, y si la pasamos bien por un rato…it was just a LUCKY STRIKE. Ahora veo al cigarro de una forma extraña. Hay esa nostalgia de una vieja relación. Lo veo, y es precisamente así. Sabes exactamente cómo es, lo conoces por todos lados, pasaron muy bonitos momentos juntos, sabes que hace muy bien su trabajo, pero prefieres pasar… sabes exactamente cómo va a terminar eso. Mejor seguir con mi vida como siempre, no strings attached.




Cuando nos conocimos casualmente hace aproximadamente dos años, jamás sospeché que fuera a durar tanto, pero hay que reconocer que trajo a mí una compañía muy importante. Se llama Hilda. A mi las relaciones amorosas no me han funcionado. Me da miedo convertirme en una de esas personas que de pronto resuelven su vida y es como si todo se acabara, no más misterios, no más enigmas, no más nervios, no más retos, no más hombres desconocidos, no más buscar, no más cansarse, no más volver a empezar. De pronto, simplemente, todo se normaliza…como esperando que la vida se acabe.

Es por eso, quizás, que me resulta tan imposible. No quiero el final de nada, me gustan las cosas que se renuevan a si mismas. Gracias a ese intercambio social, ella tenía los cigarros, yo tenía el encendedor, me he dado cuenta que lo mejor que puedo hacer es compartir con mis amigos ese interminable devenir anecdótico en vez de concentrarme en que se acabe. Después de todo, las coincidencias no resultan ser tan malas como parecen. Me han traído una gran amistad y la conciencia de que no estoy dispuesto a depender.

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La coincidencia me llevó también, este verano, a enfrentarme a una de las situaciones que seguro van en mi lista de las más horribles. Nunca había estado tan conciente de lo querido que realmente soy.

GRACIAS POR ESTAR AHÍ PARA MÍ.

Quizás, verdaderamente, hay cosas que nunca cambian.

Lo digo con una taza de café en la mesa….sólo una taza de café. Sólo la taza y yo.

Quizás, verdaderamente, hay cosas que nunca cambian.







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Monday, February 04, 2008

Veinte minutos bastaron.



People come and go and walk away,


but I'm not going anywhere.
-Keren Ann





How long I have waited, waited just to love you


now that I have found you, don't ever go.




-Burt Bacharach





Recién llego, cual Madame Bovary, de salir de compras con el propósito de calmar graves penas. Descubrí que es imposible y, como quien no quiere el destino que la Bovary tuvo en el arsénico, decidí dedicarme a formas más terapeúticas de redención. Ya llevo mucho tiempo en el proyecto de no dejar que los dramatismos del "temperamento artístico" acaben de lleno con los indispensables pragmatismos de la vida cotidiana pero, ¿quién puede limpiar una habitación en donde la gente entra y sale sin ningún tipo de consideración?


Todo fue muy rápido. Al principio me alarmó la intensidad de la sensiblería y el caracter tan secundario de la libido. ¿Quién no se enamoraría de ti, Martín? Quisiera robarme ese esbozo de sonrisa que se dibujó en tu boca. Me asustaba, sobre todo, lo vulnerable que me ponían esas frases tan cursis y tan fuera de contexto en una persona tan, como yo, devota al lenguaje sarcástico. Solía (o al menos lo mencionó una vez) empeñarse en buscar la manera de sonrojarme. Tú no te sonrojas fácilmente -dijo, con algunas palabras, alguna vez.- No eres convencional. Conquistarte a ti debe ser una experiencia estimulante. La verdad es que él provocaba que mi alma se sonrojase todo el tiempo, si es que existe tal cosa como el alma.


Me excitaban, de alguna u otra manera, las dicotomías, las incongruencias. El hecho de que él fuera un Ingeniero Civil, el perfecto partido para presentar a mis padres, si fuera pareja de mi hermana y no mía; y la especial aversión que guardaba hacia la profesión y que me había hecho olvidar por completo. Eres el primer chico de diecinueve años que me pone a pensar, dijo una vez. Eres el primer Ingeniero Civil que me pone a pensar, generalmente me ponen de mal humor, le respondí. Me excitaba la sencillez y practicidad con la que veía todo frente a mi actitud innecesariamente analítica y sensible que creo que él estaba empezando a reconocer. Me excitaba cómo me sentía como un niño a su lado (en parte por la diferencia de edad, en parte por otras cosas) mientras que sólo me hacía falta usar un brazo para dominarlo totalmente. Me excitaba que, al enviarme mensajes de texto, cuidara meticulosamente su ortografía, al grado de utilizar tildes de más. Tus ojos pequeños, tu estructura tan frágil, tus comentarios incisivos, cómo te gustaba comentarme cuando le hablabas a la demás gente de mí. Él es Martín, lo vas a estar viendo seguido de ahora en adelante. Eso le dijiste a tu compañera de casa. Yo no podía dejar de pensar qué significaba realmente todo eso.


Llegaste, en muy poco tiempo, a conocer cosas que algunos de mis amigos quizás no sepan de mi personalidad. Nunca se me va a olvidar la vez que me quedé profundamente dormido mientras me abrazabas. Desperté termprano en la mañana y no llegué a dormir a mi casa. Me quería volver loco, nunca había dormido fuera de casa sin previo aviso. Cuando me dejaste en la avenida, dijiste algo así como: Tranquilo, no te vayas a enojar. No vayas a gritar. ¿Cómo sabías que esa sería mi reacción? ¿Cómo lo sabías si yo nunca...? Me estabas conociendo. Y todo porque bajé mi maldita guardia. Me habías obligado a hacerlo mucho tiempo antes. ¡El que antes no podía quedarse dormido en cama con nadie, ya se quedó dormido! -dijiste una vez. La primera noche que dormí en tu cama fue un desastre y hubo que confesártelo. Ahora, lo que era un comentario sobre uno de nuestros pequeños éxitos, hace eco en mis oídos con tono de burla, como si te estuvieras jactando de mi vulnerabilidad, de tu poder sobre mí, de lo que sea que me estabas haciendo.


Echaste a la mierda el inicio de un nuevo año. Yo tengo mis pequeños rituales inquebrantables, ¿sabes? (se lo estoy diciendo a él ahora, y ni siquiera lo había notado) Pero todo lo que tú decías hacía que todo pareciera en un perfecto orden. Yo creo que me porté muy bien este 2007 -dijiste una vez, y yo tuve que preguntar ingenuamente por qué- pues porque ahora que empieza el 2008, me están premiando, -respondiste. ¿Qué hice yo en el 2007 para que me sucediera esto así?


¿Por qué? Me lo pregunto. Y no lo hago porque quiera enmendarlo, porque te quiera de vuelta. Creo que ya no te quiero ni tantito, eres una mierda de persona. Me lo pregunto porque me insulta la forma en la que decidiste acabar con las cosas, sólo desapareciendo. Me pregunto si yo tuve todo el tiempo puesta una cangurera que finalmente descubriste y tuviste que salir corriendo fingiendo dolor de cabeza. Me pregunto si confundiste una semana de abstinencia hacia cualquier tipo de complacencia sexual con eyaculación precoz. (Porque también se me olvidaba que echaste a la mierda el único viaje que me voy a poder costear en este año.) Me pregunto si te sentiste invadido porque creíste que yo te quería ver todo el tiempo aunque estuvieras ocupado (porque yo también soy una persona con muchas responsabilidades, ¿sabes?), cuando en realidad lo único que sucedía, es que yo ya sospechaba que te querías ir, y quería saber por qué, quería una razón. Creo que merezco una razón.


A final de cuentas, ¿qué podía yo esperar de alguien que conocí por Internet? Yo solía romantizar esa situación para mí mismo, reconociendo en esa forma, una inherencia al enamorarse a través de las palabras.


Se me olvidaba que las palabras no son más que un bello espejismo. Como ese del fervor que pretendías.


Y después de todo, todo termina, otra vez, con el principio. Veinte minutos, malditos veinte minutos, esos en los que yo te escribía el mensaje adecuado a través de la Internet. Veinte minutos bastaron para poner en desorden mi habitación otra vez. ¿Quien puede limpiar una habitación cuando la gente entra y sale tan indiscriminadamente? ¿Cuándo entrará alguien que venga ayudarme o, al menos, que se siente a un lado de mí mientras yo lo hago? Quizás sea mucho pedir, si tan sólo lo hubiera sabido antes que empezase el año...


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Wednesday, December 05, 2007

Lo hiperbólico.

Cuando se vive en un mundo altamente informatizado como el de hoy, hiperbolizar es lo de moda; y es que parece que ante el crecimiento poblacional y las multiples opciones de 'personalizar' tu personalidad, como que al pequeñísimo postmoderno se le debía de ocurrir alguna práctica forma de llamar la atención junto a una turba de normaildad. Yo debo de confesarme insoportablemente normal. Rara vez estoy verdaderamente estresado; no estoy del todo seguro de haber, alguna vez, pasado por una depresión; y definitivamente no soy bipolar. Curioso es que, ante estas confesiones, pareciera que soy en realidad el ser más extraño del mundo. ¿No es acaso que hoy todo el mundo está estrezado, deprimido y con constantes cambios de personalidad? Yo creo que, simplemente, es una extraña necesidad de hiperbolizar.

-¿Cómo estás, guey?
-Súper estresada.
-Ingas, ¿en serio? Yo también.
¿Realemente estamos todos estresados? Me parece que el escenario ideal pare ese tipo de afirmaciones es una ciudad lluviosa, como Londres, llena de edificios grises de oficinas y gente desvelada porque, en realidad, nunca sale el sol, tomando café para quedarse despiertos. Nada más alejado de nuestra realidad geográfica. Además, si a todos realmente nos causara estrés demesurado nuestro trabajo, el país sería de una productividad increible. Nada más alejado de nuestra realidad económica. Creo que es más una necesidad esnob por sentirse importante. La verdad, no todos los oficios y profesiones generan tanto estrés y ¿qué tan estresante puede ser el oficio de payaso como para que Pompo siempre estrese a Regalito?
-Osea, estoy bien estresada,- le dice una vieja a otra en un Strabuck's en Calzada del Valle. ¿Qué tanto se puede estresar si la mujer se dedica a decirle al chofer que aviente a sus niños al camperte y a vigilar a su chacha? Todos quieren estar estresados porque el estrés implica estatus. Es como si al resto de las personas nos importara su incapacidad de resolver problemas prácticos sin quebrarse la cabeza. Muchos tienden, además, a hiperbolizar el estar simplemente agobiado y/o abrumado por un estado de total estrés. Yo, mientras tanto, ya estoy aprendiendo a tejer que, con esta pandemia de estrés, las actividades terapéuticas ya se asoman también al mundo de la moda.

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Wednesday, November 21, 2007

Deconstructing Martin.

A la chingada con esto, let's just get it over with. Me voy a volver loco si no publico ya esteadefesio que cada vez tiene menos sentido. Lo he tratado de hacer por lo menos unas siete veces a lo largo de todo este año. Cuando recién lo escribí, el 2007 estaba en sus albores. Hoy, el año está casi por terminar. He tratado de escribir notas antes y después de los fragmentos desordenados del texto para explicar cómo dejaba, poco a poco de ser vigente. Eso ya no tiene más sentido. Si lo sigo postergando, terminaré escribiendo una biografía estúpida de fragmentos ridículos de mi vida cuya trascendencia ya ha caducado. Sí, soy voluble, muy voluble. Trato, sin embargo, de ser congruente siempre. Por eso ese afán explicativo, tratando de remendar hilos de pensamiento que ya, simplemente desaparecieron. Ahora, sólo me queda enumerar lo que creo que es importante hoy, para dejar a un lado tanta pendejada lastimera que se prolongó, en la práctica y en mi cabeza, más tiempo del necesario como para terminar en mandar a la chingada y en un encono pasivo que ya dejó de molestarme hace un buen rato.

1.-Soy joven, muy joven.

2.-Soy guapo.

3.-Soy inteligente.

4.-Soy complicado, no más que el resto de las personas con algún grado de personalidad.

5.-Soy gay. (Deal with it. I already did.)

6.-Soy ligeramente promiscuo.

7.-No me conformo con poco.

8.-Kiss my ass.

Y perdón por el ataque de vanidad, pero ya lo necesitaba. Uno no puede andar siempre por la vida quejándose y a veces, sólo a veces, tengo que dejarme de pendejadas y reconocer que soy la neta, por mi propio bien.

Ya mañana tendré algo por qué sufrir.

Ahora sí puedo dejarlos leer, sin ningún tipo de remordimiento lo que sea que sea esto que viene aquí abajo. Suerte:

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Me es vergonzoso presentarles ahora un texto que llevo un largo rato planeando y que, en retrospectiva, no me hace pensar en nada más que en mi volubilidad. Una volubilidad que, por más humana, no deja de sacarme de pedo. Lo que escribo a continuación llevaba en etapa de edición desde tiempos ancestrales y me ha parecido, tras una pequeña relectura, que la única forma de terminarlo sería presentar el texto íntegro como evidencia fiel de la complicada naturaleza humana. Y es que las cosas sobre las que puede uno profundamente cabilar un día, pueden causarle gracia al día siguiente. No se me predisponga, sin embargo, (quien sea que me lea) a pensar que todo lo que sigue es una gran broma. Ya al final haré las aclaraciones pertinentes al caso. Por lo pronto, have fun:



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Después de disculparme, -como al parecer estoy destinado a hacer cada vez que actualizo mi blog-, por el largo tiempo de espera al que he sometido a mis cinco fieles lectores, me veo pinchemente obligado a hacer un esbozo de los muchos temas que me han acongonjado ridículamente esta primera parte del año. Y es que el 2007 llegó cargado de inesperadas y, como siempre, ridículas sorpresas que me dejan en la encruzijada: reír, llorar o, mi muy preferido, dejar-pasar. Ante la multiplicidad de problemas que acaecen y/o han acaecido, haré uso de mi siempre plana y aburrida estructura de pensamiento para ejercitar el pleno desahogo de mis frustraciones. En términos simples: Ahí les va punto por punto.



¿Dios mío, por qué soy como un personaje de Woody Allen?



Una de las primeras necesidades de este año, -nótese que nunca fue un propósito-, fue el de quitarme esa mierda que tenía en la cara, cuyos remanentes aún se muestran cuando me explongo largo tiempo al sol. Y es que cuando digo mierda lo digo en serio: Resulta que había yo pasadome las Navidades con una cosa roja en la cara cuya denominación pasó por distintas etapas. Primero le bautizé como un "barro", un brote de juventud, cuando noté que eso no podía ser de ninguna forma algo cotidiando, le comenzé a decir "irritación". Después la lista se hizo larga: "alergia", "infección", "resequedad", etc. Llego a tal grado que, como Donna Summer me dije, -enough is enough!- Quienes me conocen notarán por mi aspecto que no soy el hombre más cuidadoso de mi estética, pero hay situaciones que simplemente no se pueden tolerar.


Fui decididamente con el dermatólogo más cercano, más barato y más extraño. Cuando entré al consultorio y escuche la ópera de fondo y vi al raro cuarentón siguiendo la música con las manos me dije a mí mismo, -mí-mismo, este es uno de esos episodios de tu vida en los que te toca hacerla de Woody Allen-. Después de una pequeña inspección, una lupa, una lamparita, y un perturbante malentendido, el diagnóstico fue el siguiente: "Martín, todos somos culpables de nuestras propias enfermedades y esto que tienes en la cara es por culpa del estilo de vida que llevas." (No, no tengo una enfermedad venerea.) Esa misma idea cruzó mi cabeza mientras mi sangre hacía lo suyo cruzando desde mi cabeza hasta los pies.


Después de un par de mentadas de madre, logré exprimirle a mi exótico dermatólogo un diagnóstico real: "Todo es psicosomático" Sí, al parecer, en algún punto de los albores del 2006, me enojé de tal manera o me frustré de tal forma que una costra asquerosa surgió de mis entrañas. Después, tuve que sostener una larga discusión con mi dermatólogo sobre cómo la naturaleza de TODAS las enfermedades no es psicosomática para poder, entonces, lograr que me recetara un medicamento adecuado para ese "producto de mi estilo de vida".


Cuando uno va a un consultorio médico uno espera escucharse diciendo: "Me duele aquí." "Como frutas y verduras." "Sí, sí fumo", no sé, cosas de esas. Lo último que se prevée es verse acaloradamente diciendo, -"No, si yo soy un niño de Hiroshima, que nació justo antes de la Segunda Guerra Mundial, ¡mi leucemia no es psicosomática!- Pero, a final de cuentas ¿qué se podía esperar de una película de Woody Allen?


¿A alguien le hace click un película (no de las mejores) que se llamaba "Hollywood Ending"? A mí sí, pero las coincidencias siempre pueden ser más grandes. ¿Quién sabe? En un futuro puedo generar alguna especie de dislexia psicosomática, con eso de que los médicos opinan que todo está en nuestra cabeza... los neurocirujanos van a estar de moda.


Pero basta de mierda médica.



La muerte y otras perturbaciones nocturnas.


¿Alguna vez han tratado de imaginarse cómo se sentirá estar muerto, totalmente muerto? Yo sí, pero no pude. Supongo que nadie puede porque al menos en mi razonamiento (ya me empecé a revolver)... en mi razonamiento, es imposible imaginarse cómo se siente estar muerto, porque se imagina con el cerebro, y el cerebro no funciona cuando uno se muere. Con el cerebro, además de imaginar, también se siente. Sería, entonces, imposible sentir estar muerto. Y es que cuando se está muerto no se puede pensar ni se puede sentir. (Lo sé, yo también sigo perdido.) Supongo que lo que trato de decir es que: "estar muerto debe de ser bastante frustrante" o, mejor dicho, "muy frustrante es imaginarse cómo se debe de sentir estar muerto", porque cuando uno está muerto es también imposible estar frustrado, es imposible ESTAR, es imposible SER. Sin embargo, otra vez, también es imposible imaginarse cómo se siente estar muerto, porque la única referencia que tenemos para eso, es cómo se siente estar vivo y eso no tiene nada que ver con estar muerto. Y volvemos otra vez a lo mismo.


Una vez Erandi me dijo algo así como -Morirse, debe de sentirse como cuando se te duerme un brazo o un pie, porque así se siente cuando la sangre va dejando de circular, así, pero por TODO el cuerpo.- Ahora bien, esto sólo es una aproximación a lo que se debe de sentir el proceso de morirse, cuando todavía se está vivo. Y como dije antes, estar vivo no tiene nada que ver con estar muerto. Todas estas reflexiones surgieron a partir de una desafortunada y, en el sentido más connotativo de la palabra, medieval clase sobre San Agustín.


Fue así como justifiqué, para mi microcosmos de explicaciones históricas, la naturaleza espiritual del ser humano: Si es tan frustrante imaginar cómo se debe sentir estar muerto, o mejor dicho, si es tan frustrante tratar de imaginar cómo se debe sentir estar muerto y no poder, mejor me contruyo, con mi imaginación, un plano incomprensible de actividad homogénea a la que tanto vivos como muertos están invitados a participar sin discriminación y así ya no me frustro. Con esa oración surge en mi cabeza el MARAVILLOSO MUNDO DE LA RELIGIÓN.


Todo esto me lleva, con orden lógico de silogismo Aristotélico, al enunciado C: "¡Qué frustrante es ser ateo!"


Recapitulando:


Si A= el hombre se frustra tratando de reconocer cómo se debe de sentir estar muerto, sin éxito.


Y B= las religiones hacen que el hombre deje de frustrarse porque entonces ya no le importa no poder reconocer cómo se siente estar muerto.


Entonces C= No tener una religión es frustrante.


Sí, me estoy haciendo daño, y me gusta. El caso es que me di cuenta de lo indefenso que mi pequeño cuerpecillo es ante las inclemencias de la naturaleza. (Este post se está viendo bastante biológico.) Pero sinceramente, creo que esta sensación de no tener idea de cómo se debe de sentir estar muerto en conjunción con el inminente peligro de que mis pulmones, boca, traquea o derivados se llenen de mierda cancerosa, hace todo un poco más motivante. Sin embargo, no deja de ser frustrante, además, qué hueva, en un mundo tan ridículamente informado como el de hoy, saber que cuando me muera, van a seguir pasando cosas en el orden mundial y en la vida cotidiana ¡y no va a haber forma de que yo me de cuenta! (Creo que acabo de descubrir la razón de la mierda que me salió en la cara. ¡Pinche médico raro, tenía razón!)


Todos estos oscuros escondites de mi cabeza me han llevado, inevitablemente, a preocuparme por frívolas vanalidades que sólo en un estado como el propio de los vivos uno se puede llegar a preocupar. Así es, mis amores, me refiero a los amores.



Sexo Vs. Amor; Liviandad Vs. Pudor en fin Vida Vs. Muerte



Finalemente llegamos al meollo del asunto. Y no es que le crea yo a Freud sus mierdas del psicoanálisis, pero sí tengo que darle crédito por algo: ¡Gracias Freud! El sexo sí explica una gran cantidad de cosas en mi vida. Para la desgracia de nuestro amiguito austriaco, no, no todo lo podría explicar alrededor del sexo, pero sí una muy considerable porción. (Pinche Freud, cómo le encantaba.) Pero bueno, dejemos de hablar de ese hombre que si no todo empieza a perder congruencia. Algunos de mis lectores más chingones ya estarán pensando en las estupideces más grandes que Freud sostenía. Mejor dejemos esos problemas en el siglo pasado, que ya estoy hasta la madre de ellos.


Pues resulta que mi vida sexo-amorosa, o como se quiera llamar, ha pasado por caminos muy escabrosos últimamente. Y sí, debo decir últimamente porque antes todo era paz y tranquilidad. Nada de amor, nada de compromisos. Nunca. Nadie. ¿Para qué? ¡Qué miedo! No, qué horror. Todo era así de simple. Desgraciadamente, un episodio no muy relevante (no ha de haber superado el mes) with a-certain-someone vino a hacer estragos con mi tranquilidad.


Ya ni siquiera sé cómo ponerlo adecuadamente en palabras, pero digamos que yo no estaba dispuesto a comprometerme nunca, hasta que llegó alguien que pretendía poder lograr algo parecido conmigo. Así que me ensimismé tanto en el trabajar para que mi papel de novio-o-lo-que-sea funcionara, que dejé pasar cosas tan obvias e inadmisibles como alguien tratando de pseudo ponerme el cuerno en la ciudad de México. Es como si me hubieran engañado para hacerme creer que estaba en una relación mientras, teóricamente, no lo estaba. Teóricamente.


Recuerdo muy bien esa conversación en el destrozado paisaje de los intentos de ampliación del paseo Santa Lucía.


"No veo porqué no habríamos de seguir intentándolo" Eso dije yo.


"¿No ves por qué no? ¿Qué tal te suena: Te trataron de poner el cuerno, pendejo?" Eso me debí de haberme dicho a mí mismo, pero al parecer el verdadero yo estaba en huelga. Estaba ocupado tratando de tener una relación de verdad. Y fui un novio-o-lo-que-sea perfecto. Mira que solapar que te trataran de poner el cuerno (aunque sea imaginario), no lo hace cualquiera, y mucho menos cuando llevas unas tristes semanas inmiscuido en el proyecto.


Pero había un pequeño detalle que no se me iba a escapar: El SEXO. Después de ese incidente, estuve a punto de publicar este soneto de Shakespeare para justificar un pequeño problema que me rondaba la cabeza y que no me dejaba descansar.



In faith, I do not love thee with mine eyes,



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Y hasta aquí la dejo, porque hasta aquí dejé de escribir y no me voy a dar a la tarea de reconstrucciones innecesarias.

El siguiente videito trataba de exponer alguna cosa de la que ya sinceramente ni me acuerdo ni me quiero acordar, pero como la canción me gusta mucho, no lo voy a borrar.

Tómenlo como el final musical de una mala película. Es uno de los dos videos de Tainted Love, de Soft Cell.

Prometo comenzar a escibir ideas coherentes pronto.



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Friday, May 18, 2007

My Visual DNA



¡Gracias Paco! Me lo robé.

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