Celebrando al zen.

Tal vez todo el que quiera tener éxito debe tener su propia filosofía zen (aunque no estoy del todo seguro de lo que eso signifique), su equilibrio entre cuerpo y alma. Quizás sólo son algunos privilegiados los que tienen ese destino manifiesto a triunfar. Y yo, patéticamente, prefiero deprimirme, hundir mi cabeza entre la turba que festeja el triunfo de alguien más. Y es que, ¿qué sentido tiene ser celebrado cuando, para poder llegar a dicho tabernáculo se tiene que adquirir el equilibrio, la majestuosidad, el esplendor y la molesta gracia, antónimos de la propia identidad?
Quizás por eso yo prefiero hundirme, ahogar mi pretendido talento en litros de nieve, colillas de cigarro y tazas de café. Sentarme a devorar, acaso a devorarme, mientra repaso albumes de deprimente blues, esperando que alguien encuentre, en mi patetismo y en mi descaro, esa gracia digna de celebrar.
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